Mi lista mínima

A veces la vida se pone demasiado pesada. En el sentido literal. A  veces, con suerte, nos damos cuenta de que la mochila está muy llena. Como cuando, a la vuelta del súper acabamos plantados en medio de la acera con la caja del detergente y jurando pedir que nos envíen la compra a casa la próxima vez.

Todo se acumula. Las experiencias, los sentimientos, el tiempo… y llega un momento en el que, simplemente, no podemos con todo. Es tan evidente que suena un poco ridículo, pero confieso que yo he empezado a entenderlo de verdad pasados los treinta.

A lo mejor es que es una edad suficiente como para poder ir sacando alguna conclusión, o que llevo muchas mudanzas, o a que a mí también me han atrapado los gurús del orden, los armarios cápsula y todas las tendencias minimalistas de moda (que, lo admito, me encantan); pero lo cierto es que me he dado cuenta de que en el último tiempo las cosas más valiosas que he aprendido en lo que respecta a mi felicidad, las que mejor me han hecho sentir, tienen que ver con eso, con no cargar o, como los llamaré a partir de ahora, con mis menos.

Aclaro que no es una lista de cosas que tenga dominadas, sino de las cosas en las que, ahora sí, sé que tiene sentido trabajar, las que merece la pena recordarnos de vez en cuando. Es una lista corta pero importante.

La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar”

Antoine de Saint-Exupéry.

Esta es mi lista de menos

Menos hacer O, mejor dicho, menos hacer mil cosas al mismo tiempo. Y lo digo en un momento en que me está resultando realmente difícil cumplirlo porque a mi tendencia natural a la multitarea se une el hecho de que ser madre o padre de un bebé consiste básicamente en hacer, por defecto, al menos dos cosas a la vez: vigilarle y cocinar, vigilarle y tender, vigilarle y…

Y cuando, por un rato, lo de vigilar sale de la ecuación, te das cuenta de que tienes un montón de tareas pendientes. Y así te descubres buscando una receta de puré en Google mientras ves una serie en la tele y doblas la ropa o, seamos sinceros de verdad, contestando un mail en el baño.

Desde que soy madre soy experta en exprimir el tiempo. Pero eso no quiere decir que no sepa que hacer mil cosas a la vez no es lo que mejor me sienta. Que me olvide de que a veces la paz mental está en algo tan simple como concentrarte en lo que estás haciendo. Rebajar la exigencia y dedicarse solo a una cosa.

Menos acumular Cuando necesito hacer algo importante, que requiere concentración o esfuerzo mental, lo primero que hago es ordenar. Pensaba que era solo una manía, pero he aprendido a respetarlo y a considerarlo, de hecho, una necesidad. Simplemente acepto que me siento mejor si a mi alrededor todo tiene su lugar.

Y cuando digo ordenar incluyo también limpiar y, lo más importante: tirar. Es casi un principio físico: dejar salir lo viejo para que pueda entrar lo nuevo. Prefiero tener pocas cosas y saber por qué las tengo, que acumular sin sentido y no darle a cada cosa el valor que merece.

Menos hablar. Lo dice una cotorra casi sin remedio. Yo hablo muchísimo. Pero ya no hablo muchísimo con cualquiera. Ni me siento responsable de rellenar silencios. Poco a poco intento guardar fuerzas para ser una cotorra solo con quien realmente me apetece y cuando realmente me apetece.

No solo es una cuestión de cantidad de palabras por minuto. También de calidad. Hace tiempo leí un concepto que me pareció muy interesante. Era algo así como “ecología informativa” y tiene que ver por ejemplo con no difundir malas noticias gratuitamente. Habla de lo que quieras, también de las cosas malas porque forman parte de la vida, pero, por favor, si no es porque te afecte y lo necesites de verdad, si no la conozco, si no aporta nada y yo no puedo hacer nada al respecto, no me cuentes la enfermedad de la vecina del quinto de la compañera de curro de tu prima la del pueblo. Busca otros temas de conversación.

Hay otros menos en los que me gustaría ser mejor: menos criticar, menos envidiar e incluso menos pensar… Pero de momento me conformo con perfeccionar mi pequeña lista, a la que añado:

Un más

Más respirar bien. Esto también me ha costado lo mío, pero cada día me recuerdo que solamente concentrarse en la propia respiración es una herramienta potentísima para estar aquí y ahora y en ningún otro sitio. Y, lo mejor: está al alcance de todos, solo hay que practicar. Venga, coge aire.

Y si te apetece cuéntame qué cosas meterías en tu lista de supervivencia.

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