El miedo

Primero fueron los monstruos. La forma rara que proyectaba en la pared un revoltijo de ropa sobre una mochila del cole en la oscuridad de mi cuarto. Un abrir y cerrar de ojos para confirmar que el bulto no se había movido. Que no tenía cara. Que eran sólo eso; objetos sin vida que a veces parecían otra cosa. El ritual de pegar la espalda a la pared para poder ver siempre la puerta y de taparme con una sábana para dejar asomar luego la punta de un pie, como mucho.

Ritual tras ritual, una noche y después otra, el miedo fue dejando de tener forma, de ser algo tangible como la silueta de un objeto, para convertirse en un hueco en el estómago, un gusano molesto, una voz grave o un sobresalto de dentro cada vez que tocaba apagar la luz y dormir. Qué cansada la idea de dormir. O de resistirme al sueño otra vez. Qué cansados los ojos grandes abiertos, mis guardias sin relevo posible, de repente la idea de la muerte; esa cosa que un día descubren los niños y que luego nos pasamos la vida intentando ignorar.

Ha habido, claro, muchas noches, muchas experiencias más o menos feas y una especie de fuerza de costumbre o de conocimiento que me ha ido haciendo fuerte, o al menos eficiente, a la hora de batirme con mis propios fantasmas y sus mil caras… Tanto, que decidí echarlos a todos y convertirme en madre, prepararme para sostener y cuidar a otra persona con todos los miedos que vengan y vayan.

Pero resulta que, como la vida es así, y todo lo mezcla, de vez en cuando, por la noche, cuando ella, la bebé, se duerme y él, mi amor, se duerme, ahí están de nuevo: el montón de ropa aguñuñada y la mochila del cole, la muerte y la soledad, la enfermedad y la decepción con sus gusanos y mi estómago.

Son los mismos de siempre y al mismo tiempo no se parecen en nada. Ya no son míos. O no como lo eran antes. Mi mal de ahora es que ya no son mis males los que temo, o que si lo hago, es por lo que pueden suponer para otra persona. Supongo que esto es también ser madre. Que el amor más grande del mundo, uno que eras incapaz de imaginar, traiga en el envés el miedo más profundo también. Que querer tanto signifique también un sufrimiento recién nacido siempre.

Y aún tengo que practicar, pero intuyo que es en lo primero, en el querer, donde está la clave para que sigamos siendo capaces de cerrar los ojos y olvidar la punzada del amor infinito. Del miedo de verdad.

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