Ahora

Con esta familia encima y esa nevera y esas toallas conseguiste que olvidara que alguna vez fuiste arena y, más calmado y más fiero pero menos turbio de crema, un mar inmenso y sabio. Y todo mío.

Cuando las medusas no acababan diseccionadas bajo decenas de miradas y chillidos y luego enterradas para no picar a cientos de pies descalzos.

También había redes extendidas y barcas boca abajo, y algas que no daban cosa a nadie, y piedras que hacían sangrar dedos gordos de niños desnudos que aún así seguían jugando.

Sin ese sonido de fondo ni esa música de chiringuito, ahora que han callado un momento, he podido acordarme de que esto no fue nada y nos sentábamos en un bordillo donde ahora se tambalean las patas de todas esas sillas de plástico.

Ahora hay muchas más casas, mucha menos tierra y muchas más tiendas; huele a más sabores y los colores ya no son solo cal y arena. Hay restaurantes, y bares de copas y hamburguesas muy poco marinas. Pero si solo miro hacia el mar y dejo todo lo demás a mi espalda, el paisaje me regala un poco de pasado y yo se lo agradezco.

También hay, claro, muchas más luces que entonces.  Por fin se han apagado. Y vuelvo a ver como en ninguna parte las estrellas, que estaban antes de todo y que tampoco entienden de temporada alta ni de baja, ni del paso del tiempo ni de nada.

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