Fondo de armario

Estoy intentando no volverlo a hacer. Esta vez son unos botines color vino y realmente me gustan. Tienen tacón alto. Y también plataforma para que no me tambalee, y cuero y una mitad de ante que los hace distintos en mi maraña de zapatos idénticos. Abro el armario y los miro desde arriba, con la mala conciencia de quien mira a un cachorro al que sabe que acabará abandonando o regalando a otros. No puedo cuidarlos. No puedo divertirme con ellos porque los llevaba puestos el día que te moriste y me llamaron al trabajo y tuve que andar hasta el metro, y después hasta tu casa y darle un beso a tu marido, que se quedaba viudo y a todos tus hijos, que se quedaban cojos. Di muchos besos aquel día y todos los di más alta de lo que soy. Más fuerte de lo que me sentía. Todos los di desde los botines granates.

Y me he propuesto no tirarlos porque yo no te tenía miedo y porque tu final me sorprendió, como a todos, y todavía duele, pero en la foto de mi salón llevas un pañuelo rojo al cuello y tus ojos sonríen tras unas gafas de sol gigantes, como de estrella de cine, y a mí me gusta acordarme de ti y echarte de menos y que no te acabes nunca, aunque no consiga ponerme los botines.

No es lo mismo que con la camiseta amarilla. La camiseta amarilla y el pantalón negro. Esos acabaron en la basura la tarde del día que te encontré. Con otra. No tuve que pensármelo. Era el conjunto que solía llevar ese verano para estar en casa y estudiar, la ropa de estar cómoda y encerrada. Pero llegó septiembre con su primer examen y me dije que qué coño, que ya era hora de superar lo del amarillo, que era un color luminoso y alegre, que daba fuerza. Y aplazaron el examen a otro día, y me di la vuelta feliz y volví a casa antes de tiempo de la facultad, pensando en llamarte e invitarte a comer para celebrar mi golpe de suerte. Pero se ve, lo vi, que ya tenías planes. Y que yo nunca más iba a ponerme esa camiseta amarilla ni ese pantalón negro ancho porque no iba tampoco a volver a mirarte a la cara.

Afortunadamente, la lista de prendas proscritas no es mucho más larga. Hay por algún rincón de esta ciudad o del mundo un jersey rojo recién estrenado, unos pantalones grises y una camisa de gasa que son otra muerte y un disgusto sin curar. A veces pienso en quién los llevará puestos. En si desde el contenedor al que los tiré habrán ido a parar a otra persona. Y me pregunto si no debería haberlos quemado. Pero luego me tranquilizo pensando que las penas de uno son las penas de uno. Y que cada cual hace con ellas lo que quiera. Incluso guardárselas para él solo.

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