Me he tragado un gilipollas

“Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto”.

Lo decía George Steiner en una entrevista para Babelia de hace poco más de un año. Y a mí me lo sigue diciendo cada vez que me encuentro con ese recorte en forma de apunte en mi libreta.

Hablaba en aquella entrevista, ya con 88 años, de educación, de los niños y de sus sueños, y decía, eso también me lo apunté:

“Es mucho más importante cometer errores que intentar comprenderlo todo desde el principio de una vez”.

No me voy a tirar el rollo. No sabía entonces ni sé ahora demasiadas cosas sobre este filósofo, pero esas frases se me quedaron grabadas porque reflejan, por decirlo así, a lo grande, el gran aprendizaje de mi vida.

Como buena Capricornio, nací ya muy mayor y desde muy pequeña fui muy responsable, una niña madura para su edad a la que se puede llevar a cualquier sitio, ese tipo de niña. También, y ya no sé cuánto de zodiaco hay en esto, fui alguien con mucho miedo al ridículo, a equivocarme y, aun con buenísimas notas en los exámenes, con un gran déficit en cuanto a lo que se refiere a comunicación. Aún recuerdo el nerviosismo de los minutos pegada al teléfono cogiendo fuerzas para hacer una llamada, por ejemplo; una tontería para la mayoría, pero un mundo para mí en ese momento.

En general, siempre me costó hablar de mis sentimientos o pedir cuentas sobre los de otra persona, pero también verbalizar algunas cosas mucho más sencillas y cotidianas si sentía que podían incomodar o hacer que alguien pensara mal de mí.

Debo de tener otro ascendente menos solemne, o será que el zodiaco solo sirve para matar ratos, pero han ido pasando los años y, aunque ya se me ven canas en el flequillo -en el mismísimo centro del flequillo, joder-, y las resacas me duran el doble por la mitad de alcohol ingerido, yo me siento ahora mucho más joven que antes. 

Creo que el tiempo, y el mismito trauma, me han ido enseñando a darme menos importancia, a reírme más de mis propios miedos y a no quedarme con tantas cosas sin decir o sin preguntar. A veces incluso aviso antes de la bomba: “Puede que lo que voy a decir sea injusto, pero…”, a veces hasta pido perdón por adelantado, pero en general, me voy concediendo el derecho a no quedarme con la duda o incluso a molestar al otro.

Es posible que no me haga ni caso porque para algunas cosas solo vale la experiencia, pero yo, por si acaso, le intentaré explicar a mi hija que viene muy bien decir las cosas, atreverse a quedar mal o a parecer vulnerable. Que a veces también se queda bien. Y, sobre todo, que superar miedos y ser capaz de expresarse ayuda a sentirse seguro.

Creo que le va a venir bien hacerlo todas las veces que pueda. Aunque solo sea, por contradictorio que parezca, para enfrentarse con menos dolor a todas esas otras veces en que los adultos, por las típicas razones de adultos, no podemos dejarnos ir y decir lo que pensamos ante determinadas situaciones o personas.

Un brindis por lo intragable

No sé vosotros, pero yo llevo a cuestas algunas cosas que, a pesar de este particular aprendizaje, se me han quedado dentro por eso de que “este mundo es muy pequeño” y “nunca sabes con quién te vas a volver a encontrar en el camino”… Asumo, aunque a ratos se me olvida, que hay algunos gilipollas que se me van a quedar sin decir o que como mucho rebotarán en el espejo de mi baño antes de que me los tenga que tragar de nuevo. Que, muy a mi pesar y en el mejor de los casos, tendrán que transformarse en carreras por el parque o en clases de yoga o en un buen par de botas, qué le vamos a hacer.

Lo hablabla el otro día con mis amigas, que también son muy filósofas y saben mucho de la vida:

– Pero, si ante una situación así de fuerte no puedo mandar a la mierda a X… ¡¿Cuándo voy a poder hacerlo entonces?! -preguntaba una.

-Probablemente, nunca, querida -respondían las demás.

Después brindamos resignadas, sonrientes a pesar de todo, sabiendo que eso, lo de las botas terapéuticas y las carreras por no insultar, o por no decir, no se lo vamos a contar a nuestros hijos. No todavía.

 

(Foto principal:  Photograph of Socks the Cat Perched on the Backseat of a Van: 09/16/1993, vía The U.S National Archives)

 

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