Guardar la nieve

La primera vez que vi la nieve la metí en un tupper. No toda, claro, pero sí la suficiente como para alargar el tiempo y seguir jugando con esa mínima nevada lo poco que aguantó en el congelador de casa. Recuerdo las manos frías y me veo sentada en el suelo de la cocina con el pequeño tesoro helado que se fue oscureciendo a base de pisadas y acabó en una plasta escurridiza mucho antes de lo que yo esperaba.

Siempre me acuerdo de eso cuando llega la Navidad con sus copos relucientes en la tele y en las revistas y su Polo Norte. Y hoy que ya no queda nada para que los villancicos sean legales y que estamos todos ya con la mesa a medio poner y la cabeza haciendo recuento de todo lo que hay que comprar y de todo lo que ha pasado, ¡un año ya!, me ha vuelto a venir a la cabeza. Ha llegado la Navidad, digo, con su nieve en tupper y me ha pillado mirando la pared impoluta de nuestro salón alquilado y pensando en la cantidad de fotos que he hecho este año, en todos los momentos que he querido guardar y que al final se han quedado atrapados en mi ordenador, cada uno en su carpeta, con su hora y su fecha.

Tú poniendo cara de enfado, sobreactuadita, el vestido de flores y las coletas locas, el perro en blanco y negro. Un tatuaje y un beso, columpios, árboles y patos, un selfie con filtro, dos. Bueno, diez. Vale, quince. El mar helado. Una mesa que salió perfecta y acabó en vino y jirones. Y risas. Una fiesta sorpresa de verano en pleno invierno. Dos ramos de flores, la primera tarta. Blanca, con bolitas de colores. Cumpleaños feliz. Vivan los novios. Una playa.

Ahí están. Un año casi queriendo imprimirlas y sin encontrar el cómo. Pero a ver, qué es tan difícil: seleccionar, guardar, imprimir. Joder, y comprar tinta, que la de marca blanca es una mierda, y papel fotográfico. O un pen si me apuras y a la calle, que te las imprimen en un plis ahí en la esquina. Y poco a poco, cada marco de un color y de un tamaño, al final, la pared repleta. La pared que quiero.

Pero el caso es que siguen ahí. En la primera línea de todas las listas de cosas pendientes que he garabateado este año: imprimir fotos, imprimir fotos, imprimir fotos. Y con ellas, mis otras fotos preferidas. Todas las que no he hecho.

El cuello de una camiseta estirado por un dedo minúsculo. ¿Eso ha sido una risa? Los primeros pasos. Un metrobús mágico, el día que se descubrió las manos, un concierto, la t con la a, horas de tatatatatatatata, un gato que maúlla raro, la nariz arrugada de un monstruo enano, los dos segundos que por fin apoyaste la cabeza en mi pecho. O en el de tu padre con su cara de sorpresa. Una sopa con merluza. Un cuento a tres voces, noche de chicas. La Puerta de Alcalá. Los dos solos. Gafas de abuelo en mano de nieta. Mano arrugada envolviendo mano enana. Sábanas blancas. Unas migas extremeñas. Despedida. Tu primer No. Bailes. Otra playa.

Todas las fotos que no hice nunca. Una pared que sigue vacía y que me recuerda lo que siempre dices: prefiero vivir el momento que verlo a través del móvil. Y la pizquita de rabia que me da que tengas razón. Bueno, y no salir en las fotos.

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