El rigor necesario

Cuenta mi madre que cuando nací, ya con prisa y un mes antes de lo previsto, mi cuerpo aún no regulaba bien la temperatura.

Rectifico: realmente no sé si mi madre me ha contado eso alguna vez o si un día le oí algo parecido y me bastó para componer una teoría que, a la vista está, no tiene ningún rigor. Acordado eso, que en esta historia la verdad no importa, vuelvo a empezar:

Cuenta mi madre que cuando nací, un mes antes de lo previsto y pequeña como un gato, mi cuerpo no había aprendido aún a regular la temperatura. Al parecer, cuando, en el poco rato que tenía para sacarme de la incubadora y darme la teta, se me escapaba un pie de la toquilla, enseguida cogía un color morado.

Un pie de bebé morado. Yo de biología no sé nada, así que no tengo ni la más remota idea de si esto puede pasar, pero en mi historia particular, lo que ocurre, claramente, es que no me dio tiempo a templarme, a pasar de un estado a otro, del dentro al fuera. Un mes da para mucho, y, con un mes menos, se hace lo que se puede.

Por eso en invierno cuando salgo de un bar a la calle siempre tirito de una forma ridícula aunque la diferencia de grados no sea muy grande. Y parece que estoy desnuda en medio de la nieve aunque ahora lleve abrigo y no toquilla. Y bufanda. Y gorro y compañía.

Por eso, y esto es un secreto, todavía me hielo cuando pienso en esa última noche en la que otra yo y otro tú se dieron las espaldas y apretaron tanto las palabras que ni siquiera pudo escaparse un adiosgracias. Es un doler de lejos, un frío lejano que a veces cruza mi cama. Ahora limpia. Ahora estirada. Ahora nuestra. Ahora cálida.

Creo que es eso, lo de mi problema con la temperatura, lo que hace que todavía me suba el calor a la cara cuando se me meten en la cabeza tus brazos, que ayer me levantaban y ceñían y esta noche sólo tiran de tus hombros y tu sueño, y mis muslos, ansiosos y fuertes hace horas y hoy frágiles como patas de gallina. Ahora que estamos cansados. Ahora que toca dormir. Que mañana madrugamos.

Sí. Estoy casi segura de que es eso, lo que contaba mi madre, por lo que a veces me agobio y me acaloro y me enfado cuando por dentro estoy helada. Por lo que a veces hielo y distancio cuando lo que traigo es llama.

Supongo que es una suerte ser ochomesina para darle explicación a mi alma. Eso, y que el rigor no me importe ni un poquito. Que esta historia me valga.

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