Paso a paso

No soy una persona religiosa. O, en todo caso, no creo que esa palabra defina mi vida espiritual. Sea como sea, no soy alguien de iglesia ni de misa ni de liturgia, y aquello en lo que creo no cabe en este post. Pero llega la Semana Santa y, lo confieso: me hacen ilusión las procesiones. Así, tal cual. Ilusión.

Por un lado porque, como ya os he ido contando, a mí las cosas espectaculares me alucinan en general y las emociones se me contagian fácilmente. Vamos, que lloro hasta en la entrega de premios más soporífera. Así que si intercalas un poco de música alta con un silencio mantenido, algún gritito y un buen número de personas juntas, ahí me tienes ya. Devota perdida.

Por otro, el importante, porque hace un año asistía a una procesión mientras me preocupaba por mantener una distancia de seguridad entre mi barriga gigante y la multitud que me rodeaba. Quedaba tan poco para el parto que mi hija podría haberle dado una patada al de al lado si yo no me alejo lo suficiente. Total, que allí estaba yo emocionada y asustada. Incapaz de imaginarme por más que lo intentara a cada rato cómo iba a ser eso de dar a luz, y mucho menos que solo un año después iría de la mano con una persona que ya es más niña que bebé, que ya anda y hasta corre y canturrea, y que solo con la mirada es capaz de mantener conversaciones enteras.

El resto de la historia

Podría dejarlo aquí. Buscar un final bonito sobre lo rápido que pasa el tiempo, desearos unas felices vacaciones y darle a publicar. Pero no es esto lo que quería contar. No es la historia completa, y para que tenga sentido faltan al menos dos procesiones más.

En la Semana Santa de 2015, un año antes del barrigón, vi pasar a la Virgen al canto de guapa, guapa y guapa sintiéndome muy fea y muy rara, incómoda e inquieta. Un cóctel que se convertiría en ilusión máxima al descubrir que estaba embarazada. Y en dolor e incomprensión cuando todo se desvaneció en un aborto natural y espontáneo.

Pasaron algunos meses y llegaron agosto y La Paloma. Una vez más, allí estaba, en una procesión. Con el cuerpo descolocado, un montón de acné repentino y la preocupación, esta vez, de que después del aborto mis hormonas se hubieran vuelto locas de remate. Y así era. Pero por un embarazo recién estrenado que descubrí al día siguiente y que, afortunadamente, es el que nos trajo a Naya.

Así que, sí, en el último tiempo, no sé si por casualidad, las procesiones se han convertido en una especie de marcador en mi calendario de persona horrible con las fechas, una esquina doblada en la historia de mi camino particular hasta la maternidad.

Esta es la mía de momento, pero hay, claro, muchas otras historias de las que casi siempre vemos solo una parte. La última parada o la foto con sonrisa y filtro en Instagram.

Me quedó claro cuando en una boda, al poquísimo tiempo de abortar, me tocó compartir mesa con una chica recién embarazada que no paró de hablarme de eso en todo el banquete. No podía comer ensalada, quería la carne muy hecha, pero muy muy hecha e iba a llamar a su bebé con uno de los primeros nombres de mi lista de nombres de bebé. Tuve que ir varias veces al baño para respirar hondo y poder aguantar lo que quedaba de comida sin mandarla por ahí a ella y a su barriga; pobres… Y tuve que explicarle a la novia el porqué de mi cara. Y reponerme rápido y sin tonterías cuando ella me contó que no podía tener hijos.

Quizás, por terminar con otra procesión, aunque sea virtual, no tengamos ni idea de a quién tenemos al lado. De qué pasos y qué motivos le han traído hasta este sitio en este momento. Quizá, como ocurre con todo lo que no tiene una explicación sencilla, en el camino de la maternidad y la no maternidad en cualquiera de sus formas, o incluso en el de las creencias íntimas, nos cueste demasiado mirar más allá del dogma, el chiste rápido, las etiquetas o los patrones morales.

Puede que por eso en tantas ocasiones la procesión vaya por dentro. Como si hubiera algo que ocultar y no un montón de juicios y preguntas incómodas que callarse.

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